La empresa negocia sigilosamente con el Gobierno para extender su explotación hasta 2029, algo que el ministro Mauricio Cárdenas da como un hecho cumplido.
La prórroga es inconveniente para los intereses de la Nación y así lo estableció Ingeominas en el 2010, lo que llevó a la destitución de su director y a la renuncia de un alto funcionario, José Neiza. Los bienes que debían revertir al país pasan a ser arrendados en el nuevo contrato a la misma empresa mediante un canon de sólo 1,25% sobre la ganancia neta semestral, después de impuestos y regalías. El ingreso para el Gobierno no sólo será pequeño sino dependiente de la contabilidad de la empresa, que le es imposible verificar.
Un estudio independiente aduce que un mínimo de 4,8% de las ganancias operacionales, que no netas, para el Gobierno sería conveniente. El concepto viene siendo apoyado por la Contraloría General de la Nación y recientemente la Comisión Quinta de la Cámara de Representantes se manifestó en contra de la renovación del contrato.
La empresa tiene un triste historial en materia tributaria. En 2010 pagó $35.300 millones después de un proceso de conciliación con Ingeominas en torno al pago de las regalías, pues había inflado sus costos; de todas maneras, dejó de pagar una buena parte de ellas, según un analista independiente. Las regalías fueron de sólo el 8% del valor del mineral en boca de mina, a pesar de que desde 1994 la ley las había elevado al 12%. Este valor sólo comenzó a ser reconocido de 2005 en adelante, pero se evadió por más de una década.
Inversiones a las que estaba obligada la empresa mediante el contrato inicial, como carreteras, ramales, embarcaderos, aeropuerto, acueducto, alcantarillado y planta de purificación, hospital, escuelas de primaria y viviendas para los trabajadores, son presentadas como gastos en responsabilidad social de la empresa y mostrados en un vistoso comercial que se pasa por televisión con mucha frecuencia.
Tales inversiones son asumidas por una Fundación San Isidro y son sospechosamente descontadas del impuesto de renta que debe abonar al fisco la Billiton. Una parte de las regalías es también deducida del impuesto a la renta, de tal modo que los contribuyentes terminamos haciéndole una trasferencia a las autoridades de Córdoba.
La corrupción local ha sido de tal magnitud que ha disipado las regalías que poco han afectado los abismales índices de calidad de vida de la población de Córdoba: la mortalidad infantil del departamento es el doble de la nacional y las necesidades básicas no satisfechas han mejorado muy levemente entre 1993 y 2005 en el departamento, incluso en Montelíbano. Hay incluso evidencia de envenenamiento de fuentes de agua que ha afectado negativamente la salud de la población.
El contrato debe ser liquidado y otorgado mediante licitación pública para que el país participe adecuadamente en la renta de sus recursos naturales, con participación variable según los precios internacionales. Debe facilitarse el montaje de industrias que utilicen el níquel como insumo y profundizar así el desarrollo económico del país; ahora sólo exportamos materia prima sin procesar. Es la única manera de que disfrutemos de “la bendición de los recursos naturales”.
* Datos tomados de un documento de Álvaro Pardo, de Colombia Punto Medio.
Salomón Kalmanovitz | Elespectador.com
Trópico Utópico Noticias
El surrealismo reivindica para la vida despierta una libertad parecida a la que tenemos en los sueño:Luís Buñuel
VIENTOS DE RESISTENCIA: work in progress
Estas historias que aquí introducimos forman parte de un proyecto documental en fase de desarrollo que estamos llamando Vientos de resistencia. El documental cuenta varias historias de resistencia cultural protagonizadas por la música de gaita colombiana y su ancestro indígena, el carrizo kankuamo; sones cargados de mística fuerza vital transformadora que están venciendo la destrucción y la nada inherentes a la guerra.
La persistencia Kankuamo: algún día será mañana
La persistencia Kankuamo: algún día será mañana
Escuela de gaitas Lumbalú
Maestro Paíto
Maestro Paíto
Sinopsis
“Algunas músicas tradicionales han resistido el huracán durante siglos...”
Como cada año en Octubre, el remoto pueblo de Ovejas se convierte en el centro del mundo para los centenares de músicos y apasionados de la gaita que asisten al Festival Nacional de Gaitas de Ovejas. El festival de Ovejas es hoy en día un lugar de encuentro entre los viejos maestros, portadores de la tradición musical, y las jóvenes generaciones apasionadas por la gaita.
Pero, ¿qué ocurrió para que esta música tradicional que en los años 80 sólo tocaban cuatro viejitos campesinos del caribe colombiano sea hoy un fenómeno musical capaz de apasionar a jóvenes en toda Colombia?
¿De dónde viene este instrumento particular, cuyos sonido evocador de ritmos antiguos captura al oyente de forma casi mística?, y ¿qué acontece hoy en los pueblos donde se originó la música de gaita?
En el festival de Ovejas se encuentran Toño, Arturo y Fred, tres músicos que dedicaron su vida al trabajo de vuelta a los orígenes, recuperación y renacimiento de la gaita colombiana y su ancestro, el carrizo kankuamo. Una lucha a contracorriente en un contexto social político y cultural muy hostil, en la que los vientos resistieron.
La persistencia kankuamo..Hasta Atanquez, un pueblito arriba en la Sierra Nevada de Santa Marta, resguardo de la comunidad indígena kankuamo, llegamos buscando los orígenes de la gaita colombiana.
Toño Villasón es un indígena bajito y simpático que vive solo en una casita muy humilde, con las paredes llenas de fotos de lugares y carteles de festivales donde estuvo tocando su carrizo.
Toño es el último músico kankuamo que queda y conserva en su soplo y su canto el baile de chicote, música ancestral y mística de los indígenas kankuamo que viaja por los tiempos y le canta a la vida, la tierra, el sol, la noche, la naturaleza, la humanidad, el universo..
Chico, su amigo y compañero músico, tiene parkinson, la mano temblorosa ya no le deja tocar bien el carrizo. Toño y Chico nos hablaron con tristeza de como los jóvenes kankuamo van asimilando otras músicas más comerciales y populares como el ballenato y se está olvidando la música tradicional, a falta de una escuela donde enseñar esta música a las futuras generaciones. También nos cuentan del desprecio de algunos por su propia cultura, por lo indígena.
En Bogotá Daniel Mestre, uno de tantos jovenes kankuamo desplazados (tuvo que huír de Atanquez y adaptarse a vivir en Bogotá ante las amenazas de muerte recibidas), nos contó en una entrevista la triste historia de los kankuamo y su aniquilación física y cultural.
En medio de tanta injusticia e impunidad, muchos kankuamo siguen luchando y resistiendo como comunidad, como cultura. No deja de sonar en mis oídos el carrizo que Toño Villasón sopla con tenacidad para mantenerlo vivo, a contracorriente, a contratiempo...
Sólo se puede vivir de una manera y esa es luchando por estar vivo, y para eso hay que soñar. David contra Goliat, la vida es el intento tenaz de vivirla, como el soplo del carrizo de Toño... resistiendo a la muerte en vida de asimilar la propia impotencia como algo inquebrantable.
Arturo y la escuela de gaitas Lumbalú.
Los maestros campesinos sembraron en el alma de Arturo una semilla que ha marcado su vida, dedicada a la investigación y el aprendizaje de la gaita con los viejos maestros y a la transmisión de este legado a las jóvenes generaciones urbanas en la escuela de Gaitas Lumbalú, creada por él.
“lo que uno ama, eso es lo que uno es, y hay que echarle pa delante, porque uno no sabe que es lo que va a pasar con uno”
La escuela de gaita Lumbalú está situada en un barrio marginal de Pereira, donde hay mucha violencia y pocas salidas para los jóvenes, que a menudo se enganchan en el narcotráfico, el pandilleo y la delincuencia común o se alistan al ejército. La escuela sale adelante con muchas dificultades económicas, los talleres son gratuitos y no tienen un lugar estable donde reunirse a tocar, algunos días les prestan la escuela, otros les toca ensayar en la plaza.
En este contexto la música proporciona una alternativa a los jóvenes, que se entregan completamente al aprendizaje de esta música ancestral.
“Cuando un joven es tocado por un instrumento, su autoestima entra en él, y entonces él ya se siente importante. Le cambia la cotidianidad de un barrio donde solamente se consume droga o donde hay tanto conflicto. Aquí es donde yo pienso que a través de la música se puede transformar el mundo, se pueden romper fronteras”.
Maestro Paíto
En una isla de coral del caribe colombiano, La Isla del Rosario, vive y crea su música Sixto Silgado, alias "Paíto", gran maestro gaitero hoy reconocido y venerado por todos los amantes del folklor colombiano.
Herencia de su padre, Paíto dice haber nacido para la música. Sus creaciones musicales están en consonacia con su vida campesina, una vida que gira en torno a la familia, el huerto, la casita de tablas y un cartel colgado en el arbol frente a su casa que anuncia la venta de cds de su música. Cuando lo mandan a buscar, Paíto y sus gaiteros de Puntabrava cogen la lancha, el avión y tocan su música en la fría capital bogotana ante un público urbano cautivado por sus sones.
Maestro Paíto
En una isla de coral del caribe colombiano, La Isla del Rosario, vive y crea su música Sixto Silgado, alias "Paíto", gran maestro gaitero hoy reconocido y venerado por todos los amantes del folklor colombiano.
Herencia de su padre, Paíto dice haber nacido para la música. Sus creaciones musicales están en consonacia con su vida campesina, una vida que gira en torno a la familia, el huerto, la casita de tablas y un cartel colgado en el arbol frente a su casa que anuncia la venta de cds de su música. Cuando lo mandan a buscar, Paíto y sus gaiteros de Puntabrava cogen la lancha, el avión y tocan su música en la fría capital bogotana ante un público urbano cautivado por sus sones.
Martina Camargo HOY miércoles en radio tres de radio nacional de España
Martina Camargo HOY miércoles en radio tres de radio nacional de España
En el programa el GRAN QUILOMBO dirigido por Consol Saenz que se emite entre las 20 y 21 horas en España cubrimiento nacional.
Se puede escuchar también on line en la página de la emisora 1 de la tarde hora Colombia
http://www.rtve.es/radio/radio3/
It's Not Easy: Dalber Candido
Cronica de Alberto Salcedo Ramos: El árbitro que expulsó a Pelé
Alberto Salcedo Ramos*
Guillermo Velásquez, más conocido como El Chato, debe de ser el único árbitro de fútbol del mundo que registra en su hoja de vida por lo menos cinco jugadores noqueados.
Ni Alberto Castronovo, ni Eduardo Luján Manera, ni los otros futbolistas aporreados por él, se enteraron de que su verdugo, antes de ser árbitro profesional, había sido boxeador.
Velásquez sonríe mientras se mira los dos puños apretados. Luego los voltea para donde yo estoy, como para notificarme que en esos gruesos nudillos, pese a sus 69 años, todavía quedan restos de la potencia telúrica del pasado.
A continuación, aclara que él no se hizo respetar por la fuerza —pues no era invencible— sino porque tenía un temperamento sanguíneo que se incendiaba ante el mínimo intento de atropello y un amor propio que le impedía soportar humillaciones. Si tuviera que arbitrar otra vez, volvería a sancionar al saboteador y a castigar al tramposo. Y, sobre todo, no ofrecería la otra mejilla para que el patán le repitiera el golpe, ni pondría el otro ojo para que el cochino le lanzara un segundo escupitajo, ni amonestaría con una simple tarjeta al grosero que le mentara a la madre, sino que se vengaría en el acto de cada agresión.
El Chato estima que la compostura que se les exige a los árbitros es hipócrita y tiene más vínculos con la política que con la ley. Según él, un ser humano que recibe una patada en la yugular y en vez de aparentar cortesía tiene la oportunidad de desquitarse, resulta menos peligroso porque se libera de odios futuros.
“Yo no andaba por las canchas repartiendo coñazos”, explica, “pero cuando había que pegar, pegaba, porque después me iba a matar la angustia de no haber reaccionado como hombre cuando me provocaron. Cuando se tiene un carácter como el mío, responder a las agresiones es una necesidad”.
Le digo a Velásquez que cambiar la justicia por la venganza nos devolvería a la época de las cavernas y añado que si al árbitro le dan un pito y unas tarjetas, es justamente para que no tenga necesidad de utilizar un garrote.
“Así es”, admite El Chato, con una rapidez que me indica que no le estoy diciendo nada que él no haya pensado antes. “Pero fíjese usted que a los futbolistas les dan una pelota para que le peguen patadas y quieren pegarnos es a nosotros”.
Vuelvo a la carga con el argumento de que el día que se apruebe la Ley del Talión en las canchas, tendremos más sangre que goles. Y El Chato repite la misma frase de hace un momento: “Así es”. En seguida, con un movimiento resuelto de las manos, afirma que para evitar ese riesgo hay que pedirle a los futbolistas que reclamen en buenos términos y no con violencia.
—¿Y por qué no les pedimos a los árbitros que no les peguen a los jugadores?
—Bueno, ahí le voy a contestar lo mismo que le contesté a un periodista brasileño, el día que expulsé a Pelé: no es bonito responder a un golpe con otro golpe, pero todavía no he visto la parte del reglamento que diga que los árbitros tenemos que dejarnos pegar.
***
Guillermo Velásquez mostró su vocación de juez desde la adolescencia. Cuando sus padres discutían, lo buscaban a él para que decidiera quién tenía la razón. Cuando sus hermanos peleaban, sólo él lograba reconciliarlos. Muy pronto, su capacidad de discernimiento y su sentido de la justicia fueron célebres en la familia. Primos, tíos y otros parientes menos cercanos apelaban a él, porque confiaban en la ecuanimidad de sus sentencias.
Más tarde, cuando jugaba fútbol en el Colegio Deogracias Cardona, de su natal Pereira, no asistía con sus compañeros de equipo a la charla técnica de los entretiempos, sino que se iba con el árbitro a analizar el reglamento.
Cuando finalmente reemplazó el balón por el silbato, se liberó del destino gris que le esperaba como futbolista y recuperó el respeto que había conocido como consejero familiar. En ese momento descubrió que la satisfacción del que aplica la ley depende más del poder que ostenta que del bienestar que supuestamente le procura al prójimo. Si la cancha es el universo completo y los jugadores son todas las criaturas posibles, entonces el árbitro, que todo lo ve y todo lo juzga, encarna una autoridad más divina que humana, una presencia omnímoda que gobierna las acciones aunque no nos demos cuenta. Él y sólo él es capaz de detener la carrera del veloz atacante, con un simple movimiento de su mano. Él decide cuándo parar el partido y cuándo reanudarlo, y en ambos casos determina el punto exacto de la tierra en el que hombre y pelota se reencuentran. Ni el que es genio como Maradona ni el que es bravucón como Chilavert tienen licencia para tutearlo: deben dirigirse a él con una cierta reverencia caricaturesca —manos atrás y cabeza agachada— y además están obligados a acatarlo por los siglos de los siglos, aun cuando valide como gol una pelota que pasó a 15 metros del arco. Como a Dios, al árbitro habría que inventárselo si no existiera. Los jugadores lo necesitan para justificar sus pecados y para que él los ayude a ganar el cielo que ellos solos no alcanzarían jamás de los jamases.
Desde el principio, El Chato disfrutó esa sensación de importancia que, según él, les gusta a casi todos sus colegas aunque no lo reconozcan en público. Por eso ahora, mientras sorbe su café, levanta la voz para decirme que no es ningún delito, como afirman algunas personas, que el árbitro sea protagonista. “¿Cómo no va a ser protagonista el juez que condena al matón o que evita una desgracia?”, se pregunta, alzando aún más el tono y adoptando un cierto aire de orador. “Usted debe saber, como periodista, que el problema no es la fama sino la mala fama”.
Estamos sentados en la cafetería del Parque El Salitre. Nuestros vecinos, muchos de ellos jóvenes que no lo conocen, lo miran con insistencia, y él se regodea en su silla comprobando por enésima vez que no nació para pasar desapercibido.
Estimulado por la atención del público, Velásquez enumera sus méritos en voz alta: fue —me dice sin ruborizarse— el árbitro que les abrió las puertas internacionales a sus compañeros colombianos. Participó en la Copa Libertadores entre 1968 y 1982, pitó en cuatro Juegos Olímpicos y fue juez de línea en uno de los partidos más bellos que se hayan disputado jamás, el de Italia contra Alemania en el Mundial del 70.
Después observa que nunca se tomó un trago el día antes de un compromiso, que siempre se entrenó como si cada jornada fuera una final y que cuando se retiró, en diciembre de 1982, era el árbitro que había pitado el mayor número de partidos en los cuales ganaban los equipos chicos. “Y de visitantes”, añade.
“Lo mejor de todo”, dice ahora, “es que puedo jurar ante el país que nunca me torcí. Cuando me equivoqué, me equivoqué de verdad y no me hice el equivocado. Y no solamente por honesto, sino porque siempre me quise mucho a mí mismo. Mi orgullo no me permitía quedar como un chambón”.
Le pregunto si pegarle a los jugadores, como él lo hizo, fue un defecto o una virtud.
El Chato sonríe, me mira con malicia por encima de su pocillo. Calla.
—Ay, hermano, dejemos eso quieto. No me haga enfermar.
—Por su sonrisa, parece que no se arrepiente.
—Mire: yo no me siento feliz de haber tenido un genio como el que tuve. El temperamento me traicionaba y ese fue mi único error.
Después de unos segundos de silencio, en los que parece apenado, encuentra un argumento que le devuelve la seguridad. “¿Sabe una cosa?”, me dice, con el rostro iluminado. “Ser peleador me sirvió para conservar la pureza. Cuando uno quiere imponer siempre su autoridad, ya sea a las buenas o a las malas, no puede darse el lujo de tener rabo de paja”.
Llegado a este punto, El Chato estima pertinente un par de aclaraciones: cuando le pegó a un jugador fue porque, indefectiblemente, éste le había pegado a él primero. Y en todo caso, aquellas fueron calenturas pasajeras que nunca traspasaron los linderos del estadio. Eso sí: insiste en que para no quedar rumiando odios, era absolutamente necesario que le atizara un porrazo al agresor.
Desde 1957, año de su debut en el torneo profesional, aparecieron los problemas. Alberto Castronovo, jugador del Atlético Nacional, aprovechó un embrollo para darle a Velásquez una patada alevosa en la canilla. Velásquez se retorció en el suelo, durante varios minutos. Cuando se repuso del golpe actuó como si no supiera quién le había pegado. De pronto, en un tiro de esquina, vio, nítida, la oportunidad de desquitarse. Calculó que, por el momento, los espectadores estarían pendientes del jugador que iba a cobrar y se colocó en el área, al lado de Castronovo. A continuación, lo conectó con un derechazo en la barbilla. Castronovo rodó por el pasto pero se levantó en seguida, furioso, y se lió a golpes con el árbitro, en medio de la sorpresa del público. Entonces, varios agentes de la policía entraron en acción, dispuestos a retirar al jugador por la fuerza. “No, señores”, les dijo El Chato, autoritario. “¡Háganme el favor y dejan al caballero en la cancha, que no está expulsado!”.
—¡Pero cómo que no está expulsado, si vimos cómo le pegó a usted!
—¿Y no vieron cómo le pegué yo a él? Si se va Castronovo, me voy yo también. Pero como donde manda árbitro no manda policía, he dispuesto que ni se va él, ni me voy yo.
El Chato guiña un ojo y advierte que la justicia depende más del sentido común de quien la aplica que de simples leyes escritas en un papel. Para ilustrar su teoría, recuerda la vez que Miguel Ángel Converti, atacante de Millonarios, recibió un pase de espaldas al arco, en un clásico contra el Santa Fe. Desde antes de que Converti tomara la pelota, Velásquez había sancionado fuera de lugar. Pero el jugador, que al parecer no escuchó el silbato, llevó el lance hasta sus últimas consecuencias: durmió el balón con el pecho, lo hizo rebotar sobre su muslo izquierdo y luego se suspendió en el aire —cabeza hacia abajo y pies hacia arriba— en una chilena espléndida. El proyectil se clavó en un ángulo imposible de la portería y Converti corrió como loco hacia el banderín de córner, mirando hacia el cielo y zafándose de los compañeros que querían abrazarlo, como si pensara que su virtuosismo lo alejaba de los atletas y lo acercaba a los dioses.
“Si yo hubiera sabido que Converti iba a concluir esa jugada como la concluyó”, dice Velásquez, “no habría pitado el fuera de lugar. Fue la única vez que quise hacerme el equivocado en una cancha y créame que lamento mi acierto como si fuera un error. Es lo que le vengo diciendo: según las normas, yo actué bien, pero no fue justo que yo le robara semejante joya al público. Donde yo valide ese gol, hasta los hinchas del Santa Fe se ponen contentos”.
Le pido a Velásquez que me haga el inventario de los futbolistas a los cuales golpeó y me responde, aparentemente apenado, que “eso no vale la pena”.
—¿Por qué?
—Hombre, porque no fueron tantos. Pero ya que insiste en este punto, diga que una vez le hinché el ojo a Orlando Herrera, del Tolima, porque se propasó conmigo en un reclamo. ¿Y sabe qué pasó en el partido siguiente que me tocó arbitrarle en Ibagué? Que el tipo fue a buscarme a mi camerino y me llevó abrazado hasta la mitad de la cancha. ¿No le parece bonito? Si no me reconocieran sentido de la justicia, no me perdonarían. Yo habré sido brutal, pero soy más humano que muchos de los que se creen mansas palomas, porque pegué puños pero no maté a nadie con el pito.
***
El Chato, que no cesa de ufanarse de su ecuanimidad, señala que si hoy fuera otra vez el miércoles 17 de julio de 1968, volvería a expulsar a Pelé.
Ese día, El Santos de Brasil, considerado el mejor equipo del mundo, enfrentaba en un partido amistoso a la selección Colombia que participaría en los Juegos Olímpicos de México.
Muy temprano, Velásquez validó un gol de Colombia en aparente fuera de lugar. Los brasileños se pusieron histéricos y cercaron al árbitro. Uno de ellos, de apellido Lima, fue expulsado. Como se negaba a abandonar la cancha, fue sacado por la Policía. Cuando iba por la pista atlética se les soltó a los agentes, se devolvió al terreno de juego y le asestó una patada a Velásquez. Éste le respondió con un leñazo en el estómago, que generó un amago de gresca.
El partido continuó con muchas tensiones hasta el minuto 35 del primer tiempo, cuando Pelé vio la tarjeta roja por reclamar, de mala manera, un supuesto penal en su contra. En principio lució desconcertado, pero no tardó en aceptar el fallo. Entonces emprendió el retiro de la cancha con un gesto irónico y desafiante, como un monarca que se mofara de la orden de destierro impuesta por su vasallo. “Ese tipo está loco”, repetía Pelé, una y otra vez, ante el cronista de El Espectador que lo esperó en la pista atlética.
En ese momento, los jugadores del Santos rodearon al árbitro. “De 28 personas que tenía la delegación brasileña”, recuerda El Chato, “me agredieron 25. Los únicos que no me pegaron fueron el médico, el periodista y Pelé”.
Velásquez se sintió empequeñecido, arruinado, cuando los 60 mil espectadores del estadio El Campín comenzaron a maldecirlo a gritos y a pedir el regreso de Pelé. Después, cuando los directivos de la Federación Colombiana de Fútbol decidieron que volviera el futbolista y se fuera el árbitro —un hecho único en los anales del deporte— se acordó del refrán según el cual la justicia en nuestro país “es para los de ruana” y hasta agradeció que a Pelé no se le hubiera ocurrido asaltar un banco, “porque con seguridad aquí todavía lo estuviéramos aplaudiendo”.
Adolorido más por la humillación pública que por los golpes recibidos, El Chato demandó penalmente a la delegación brasileña. Lo hizo por recomendación de Lisandro Martínez Zúñiga, magistrado de la Corte Suprema de Justicia, que esa misma noche lo visitó en el camerino para ofrecerle sus servicios como abogado.
Los jugadores de El Santos permanecieron en Colombia casi dos días más de lo previsto, retenidos en una comisaría, y al final tuvieron que pagarle a Velásquez 18 mil pesos y ofrecerle excusas por escrito, para poder viajar a su país.
Años después, ya retirado del fútbol, Velásquez buscó la manera de encontrarse con Pelé. Entendía, como siempre, que más allá de las leyes escritas necesitaba un acercamiento humano para quedar en paz y salvo con su conciencia. El rey lo atendió en Miami y hasta lo invitó a almorzar.
Ahora le pregunto a El Chato qué habría sucedido si Pelé le hubiera pegado cuando él lo expulsó, y me pide, muy serio, que por favor no le haga una pregunta tan perversa. “Mire que me voy es a enfermar”, añade.
—Es sólo una suposición, no más que una suposición.
—Bueno, en ese caso, permítame responderle con una pregunta. ¿Usted qué cree que hubiera pasado?
*Alberto Salcedo Ramos (n. Barranquilla, Atlántico; 21 de mayo de 1963), cronista colombiano incluido en diversas antologías nacionales e internacionales de periodismo.
Es considerado uno de los mejores periodistas narrativos latinoamericanos y forma parte del grupo Nuevos Cronistas de Indias. Varios de los temas que ha abordado están relacionados con la cultura popular.
*Alberto Salcedo Ramos (n. Barranquilla, Atlántico; 21 de mayo de 1963), cronista colombiano incluido en diversas antologías nacionales e internacionales de periodismo.
Es considerado uno de los mejores periodistas narrativos latinoamericanos y forma parte del grupo Nuevos Cronistas de Indias. Varios de los temas que ha abordado están relacionados con la cultura popular.
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